Carles Campuzano: “El sector público y privado deben recuperar la confianza y rehacer el contrato social”

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Carles Campuzano es asesor de beBartlet. Tras más de dos décadas como diputado en el Congreso, donde llegó a ser portavoz parlamentario, y una trayectoria política reconocida de forma transversal tanto en el ámbito nacional, autonómico y municipal, Campuzano se incorporó hace tres años al sector privado como director general de DINCAT, la principal federación de asociaciones que representa a más de 30.000 personas con discapacidad en Catalunya. En la actualidad, combina esta tarea con su participación como miembro del Consejo Asesor de Foment del Treball, la patronal catalana, y miembro del Círculo de Asesores de nuestro gabinete. Campuzano es un referente del que aprendemos cada día y cuenta con un conocimiento muy preciso de la legislación laboral o las políticas sociales y una elevada visión estratégica. En esta conversación aprendemos más cosas de (y con) él

¿Qué aprendiste de la política?

Que la escucha y el diálogo con la sociedad civil organizada son fundamentales si queremos construir una buena democracia. Y que la democracia es frágil y, por definición, un proyecto inacabado, que debemos cuidar y aspirar a mejorar permanentemente, que necesita mucha sociedad civil y que necesita mucho compromiso ciudadano si no queremos que se degrade. He tenido la suerte de vivir un tiempo político de una enorme intensidad, marcado por el cambio de época que estamos viviendo, que empezó con el nuevo milenio y los atentados del 11S. Aterricé en el Parlament el año de los Juegos Olímpicos y me incorporé al Grupo Catalán de Convergència i Unió (CiU) en el Congreso cuando José María Aznar llegó al Gobierno y necesitaba nuestros votos. Entre otros hitos, conseguimos acabar con la mili obligatoria. Me fui 23 años después tras la moción de censura a Rajoy, que hicimos posible desde el PDeCat. ¡Casi nada!

Has participado en todas las reformas laborales que ha habido en España durante dos décadas.

El diálogo social ha sido un instrumento fundamental para diseñar reformas sociales eficaces y útiles, que son aquellas que responden a un equilibrio de intereses contrapuestos y que son estables en el tiempo. Eso ha ocurrido pocas veces. En la primera legislatura de Aznar, en minoría, y con CiU y el PNV moderando al PP, fue posible. Me siento satisfecho de haber participado en aquellos acuerdos.  En el segundo mandato de José Luis Rodríguez Zapatero, ya con la crisis en marcha, nos las jugamos pactando y apoyando el Gobierno con reformas imprescindibles, exigidas por Bruselas,  y que evitaron la intervención de la economía española en un tiempo muy turbulento. Asumí responsabilidades, que a veces son difíciles de entender y de explicar, pero que forman parte de un ejercicio serio de la política. El sentido de la responsabilidad es imprescindible para la buena política.

¿Es fácil pasar de la política al sector privado?

Nunca es fácil y menos aún después de una larga e intensa carrera de servicio público. Pero, como dijo un colega de partido fuera de la política hay vida y, además, hay vida inteligente. Las transiciones no son fáciles, pero yo no me puedo quejar. Estoy implicado en un sector de alto valor social, con impacto y donde puedo aportar toda mi experiencia. Estoy satisfecho. No obstante, sigue siendo un reto pendiente las transiciones desde el mundo profesional o la sociedad civil a la política y viceversa. Los costes son altos y el retorno es complejo. Estamos perdiendo talento en las instituciones y en el sector privado. 

¿Qué retos tiene el Tercer Sector? 

Debemos recuperar la idea de que lo público no es solo lo que hace el Estado y que desde la sociedad civil organizada se producen bienes comunes. En mi opinión, el estatismo es malo para las políticas sociales, pero hay que superar la idea de la virtud del modelo de colaboración público-privado en los servicios a las personas por su bajo coste. El “low cost” nunca es una buena opción. La virtud de este modelo debe estar en la flexibilidad, la innovación, el arraigo, la calidez, la proximidad o el vínculo social… Por último, creo que hay que advertir del riesgo de burocratizar la actividad del Tercer Sector por la vía de la regulación, ahogando todas las capacidades que hacen precisamente de él una mejor opción. ¡Tenemos mucho trabajo por hacer!

¿Y las empresas? 

Ninguno de los retos colectivos que debemos afrontar van a tener respuesta sin la participación activa de las empresas. Ahí tenemos una enorme oportunidad para construir nuevas alianzas y reforzar aquellas que ya existen. Hay que cooperar y colaborar más y con más intensidad entre el Estado, las empresas y el tercer sector social, cultural, educativo o ambiental. ¡Hay recorrido! Y hay que mejorar la gobernanza de las grandes compañías, con más protagonismo de los trabajadores y una gestión responsable de los impactos sociales y ambientales de su actividad.  Las empresas son el motor del crecimiento económico, la creación de riqueza o el empleo y tienen mucho poder, pero también deben tener mucha responsabilidad.

¿Crees que hace falta más colaboración y entendimiento entre el sector público y privado?

Hay que romper prejuicios y ponerle imaginación. Es imprescindible recuperar la confianza de los ciudadanos con el espacio público, promoviendo la idea de que los derechos van acompañados de deberes y que necesitamos más responsabilidades compartidas. El sector privado también tiene una gran responsabilidad en ello. Es imprescindible recuperar la confianza, el vínculo social, y rehacer el contrato que nos permite vivir en sociedad. El relato, las políticas, los sistemas que durante mucho tiempo han articulado nuestra sociedades están averiados y no funcionan bien para la mayoría. ¡Nadie puede ser ajeno a ello!

¿Cómo definirías el momento actual?

Este cambio de época fue anunciado hace más de veinte años por Manuel Castells. La globalización, las revoluciones tecnológicas disruptivas, consecutivas y acumulativas en marcha, que empezaron con Internet, la empresa red, la mayor diversidad y  fragmentación de las sociedades, la ampliación de derechos y libertades, la emergencia de China, la crisis del contrato social y el aumento de las desigualdades o la emergencia climática, han creado una nueva realidad, que la crisis del 2008 y la pandemia consolidarán. Todo ello plantea la necesidad de nuevas gobernanzas, a escala local y a escala global, más complejas, buscando mayor confianza y colaboración con la sociedad civil.  Los riesgos de imposición del autoritarismo, el estatismo y el totalitarismo son obvios. Hay que tomárselo en serio.